Hay historias, escritas, contadas y filmadas que giran en torno al acto de comer y beber. Reseñas periodísticas que informan dónde ir para tales menesteres. Estudios que analizan cómo comemos. Programas de televisión de chefs reconocidos, concursos para cocineros principiantes y rutas por países donde se resalta el legado culinario de esa cultura. También hay programas donde un host estrafalario se auto impone retos grotescos que enlodan los actos de comer y beber.

La industria del cine, más que ninguna otra, saca provecho a estas historias. Entre fogones y tragos el amor de los protagonistas arde y se diluye.
Largometrajes, como Ratatouille, han contribuido en cierta forma a que muchos comensales tengan una percepción distinta de la nouvelle cuisine. En ella, un obstinado crítico gastronómico, Anton Ego, bajo autocrítica, despejó el significado de un eslogan largamente criticado por él: "cualquiera puede cocinar". La frase, acuñada por el célebre Chef Gusteau, era para Ego prácticamente un insulto al arte de la cocina, cuando en realidad encierra tras su simpleza una enorme enseñanza: “No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista puede provenir de cualquier lado”.
Interés a tres tiempos
El interés que suscitan la comida y la bebida se maneja al menos en tres tiempos. Uno, cuando se seleccionan las materias primas para elaborarar platos y tragos. Otro, en sus fases de preparación y finalmente, en la sobremesa.
En conjunto, median como instantes necesarios e imprescindibles que exaltar el comer y el beber como actos placenteros, aunque el espacio en el cual se lleven a cabo no sea más que el tarantín de una calle concurrida. De lo que se desprende, que se come y bebe donde sea.
El halo mágico de la comida
Al comer y beber obtenemos una comunión satisfactoria de gustos y sabores. Resultado que deviene del sentido común o del aprendizaje social. Maridamos, casi con perfección calculada, un platillo con el bouquet de una bebida, pese a que desconozcamos técnicamente de que se trata esto (invitamos revisar nuestro artículo Maridaje más que comer y beber).

Es común pensar en comidas y bebidas excitantes. Presuponemos que sus influjos avivan o exacerban el sentimiento noble del amor y que igualmente, contrarrestan los efectos hirientes del odio y el recelo. La clave está en encontrar sazón justa y trago adecuado. Bacanales, saturnales y lupercales dan fe de ello.

Significación histórica
En la antigüedad era común que se avivara la fe sobre ciertas pociones y platillos, de los que se creía, enderezaban entuertos y enamoraban, además del estómago, al espíritu.
Tales creencias alcanzaban un alto grado de importancia en el imaginario colectivo pero no superaban en importancia el interés que se daba al arte de dominar las técnicas para obtener lo que se consumía y la manera de conservar aquello.
En Grecia, la cacería era consideraba uno de los primeros actos de aprendizaje. Aseguraba la supervivencia, por lo que resultaba prioritario dominarla. Una vez hecho esto, el sujeto incursionaba en otras enseñanzas. Platón la definía como arte divino.
La caza, si bien se liga a la vida, también es símbolo de aniquilamiento. Un arco, un fusil de pólvora o una trampa, además de símbolos posibles de supervivencia, auguraban prestigio y miedo.

Poco a poco aquel sentido de subsistencia fue menguando en su carácter esencial, por lo que se tomó como un acto desprovisto de propósito. Cazar daba placer y establecía abolengo social.
Al combinar en una misma actividad, habilidad de captura y difrute de mesa, el cazador terminó edificando puestas prácticamente escénicas, que le servían de escenario para mostrar sus resultados exitosos.
Tales escenas sirvieron de excusa a diversos propósitos: como inspiración de grandes pintores, para relatos históricos y cuentos de hadas, como tema de películas, incluso, como fiestas populares que determinadas comunidades, apegadas a costumbres ancestrales, recrean cada cierto tiempo.
Lo que interesa resaltar es la vinculación inextricable que existe entre bebidas y comidas. Actos simples que los hombres, los medios y la historia han ritualizado, atándolos inexorablemente a sus historias.
Hay una bebida y una comida para cada ocasión
Un trago, término del que se desconoce con exactitud su origen epistemológico, resulta un buen acompañante. Su presencia imperecedera lo ha bañado de autoridad para que cualquier espacio se transforme en lugar idóneo de consumo. (Invitamos revisar nuestro artículo Cóctel: tres nombres para designarlo, múltiples sabores para degustar).
Se bebe y come en el hogar, la calle, la playa, las iglesias, bodas, defunciones, graduaciones y fiestas infantiles. Se come y bebe donde sea.

Cada sitio, según su majestad, impone normas entendidas y aceptadas, aunque suelen ser laxas. Cada condición se cumple e igualmente se violenta, sin mayores consecuencias que la reprimenda sutil al bebedor o comensal que las violente.
Las experiencias adquiridas, que amarramos a lo que llamamos cultura, resultan suficientes para validar las formas y modos del comer y beber. Actos bivalentes, que son a un tiempo, íntimos y colectivos.
Entre marquesinas
Las bebidas y comidas se han convertido progresivamente en mercancías de uso. Maquillados por la industria cultural y cargados de valores que les otorgan los redactores creativos. Funciones y beneficios, que en muchos casos, superan sus cualidades naturales.
Se les referencia como potenciadores de energía física y sexual, agentes rejuvenecedores, antioxidantes naturales y hasta como marcadores de estatus social.

Beneficios reales y ficticios que anclan historias en la mente del lector, televidentes o radioescuchas. Espectadores que reciben democráticamente un storytelling que incorporan a sus gustos de consumo. Todos, apelan a su libertad de escogencia. Todos únicos, irrepetibles, miembros de nichos de audienia. Cada uno un individuo que guarda, con respecto a los demás una gran similitud: ser consumidor.
Cada eslogan se inserta, a veces de manera permanente, en la vida cotidiana. Enseña bajo frases cortas cómo pertenecer. Adicionan rasgos importantes de un producto que se hace imprescindible. Se meten en la conversación cotidiana. Pero, conservan una gran virtud, ninguno aísla al consumidor de la historia que cuentan, al contrario, le sugieren que la protagonice.
Con cada valor que se agrega al producto posibilita la conformación de una nueva historia, tan ficcional como aquella de donde parte. Historias particulares que los sujetos asumen como reales, propias, a través de las cuales ocultan frustraciones o exacerban anhelos.
El cóctel inmortalizado en el plató de un set cinematográfico será posiblemente un trago recordado y emulado. Acaso, cabe cuestionar a alguien quien en su particular círculo de soledad asume momentáneamente las características de su personaje favorito. Acaso el fanático de Casablanca puede sentirse menos que Humphrey Bogart si en su instante ficcional disfruta, al igual que aquel, de un French 75.

Posiblemente este sujeto, gracias a Bogart, disfrutará de esos quince segundos de gloria. Posiblemente también, al cabo de unas horas, terminará del otro lado de la calle compartiendo una botella y un triste trozo de pan relleno con algún fiambre barato con un grupo de amigos. Tomando directamente de la botella, olvidando que Ingrid Bergman le espera en el viejo café de Marruecos que horas antes recreó en su habitación.
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